miércoles, julio 18, 2018

UNA SONRISA ESPECIAL


—¿Qué será  de tus padres?  —Preguntó la abuela a su nieta en tono afligido.
La niña a pesar de tener edad para comprender lo que le decía y contestarle, solo rió y  la miró con sus ojos claros sin decir palabra alguna; la pequeña la abrazó y besó cariñosamente. Siendo la hora de dormir, acostó a Eli en su cama acondicionada especialmente para que pudiera descansar sin lastimarse o caer, poco después se preparó a hacer lo mismo cerca de su nieta.

 A la mañana siguiente a pesar de las veces que tuvo que despertar debido a que Eli  tan solo dormía en ratos, se levantó  muy temprano para hacer el desayuno aprovechando que la pequeña aún dormía. Escuchó ruidos en la habitación, era la niña que se había despertado, se acercó a ella, Eli  sonrió a su abuela levantando sus brazos en señal de que quería salir de su cama.

La abuela quitó las protecciones, la emoción y felicidad de la niña fue mayor, se  abrazó de su abuela; ella por su parte la sentó a la orilla de la cama para poder cambiarla de ropa y ponerle sus zapatos. Tras terminar de vestirla le ayudó a bajarse, la tomó de la mano y se dirigieron  a la cocina, Eli iba con su caminar espasmódico, a la vez que movia su pequeña mano libre en el aire, tal aleteo de mariposa.

—¿Tienes hambre? —preguntó la abuela al llegar, Eli solo la observó, rió y  se entusiasmó. La comida le provoca una gran emoción. La sentó en su silla, mientras le preparaba su desayuno especial para evitarle convulsiones. Eli  comenzó a mover sus piernas y brazos además de gesticular con su boca. Por fin el desayuno estuvo listo, su abuela le ayudó a comer.


Sola con su nieta ante la ausencia de los padres no tiene más remedio que en ocasiones dejarla sin supervisión mientras ella hace el aseo de la casa. Por la tarde mientras jugaba, golpeó la puerta de la habitación de los padres abriéndose un poco, caminó hasta la puerta y al tomar su pelota vio que se había abierto, entró;  el cuarto estaba vacío.  Su abuela se percató del hecho y corrió para sacarla de allí, como si al ver sola la recamara  la pequeña comenzaría a llorar.

—Eli ¿Qué haces aquí?, ¿cómo entraste? —Le preguntó en tono suave— Que descuidada soy, ¿cómo pude dejar la puerta abierta?

 Eli observa el cuarto de sus papás, dormía ahí, pero ahora que ya no están las cosas de ellos le da poca importancia que no estén, ella sonríe y juega; su personalidad feliz y su discapacidad intelectual no le permiten percatarse de la realidad, tomó su pelota y se alejó con su típico andar.

Las lágrimas de la abuela caen al ver que la niña no se dio cuenta, pero más llora por el hecho de ver esa habitación deshabitada y recordar cuando los padres de Eli la abandonaran con ella por no resistir y no saber afrontar la enfermedad de su hija al ser diagnosticada desde los 3 años con el síndrome de Angelman. Hoy día la pequeña tiene 6 años, desde entonces ha tenido que ir vendiendo las cosas que no se pudieron llevar y poder pagar las terapias de su nieta.

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