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domingo, diciembre 18, 2016

VACACIONES CASI PERFECTAS.


—Llegaban los días de vacaciones —Observa a todos los presentes como buscando su compasión—, momento en que los planearía con mi familia. Este año, decidimos cambiar nuestro destino.  Le propuse a mi esposa e hijos irnos de campamento. A ellos les encantó la idea; a mi esposa mucho más, ya que ella y yo guardábamos gratos recuerdos de nuestra juventud, allí nos conocimos y enamoramos.  Quince años o más teníamos de no acampar; ya nos hacía falta disfrutar de esos mágicos momentos; nadando en el lago o charlando y riendo frente a la fogata por las noches.  Yo me sentía un poeta en aquellos tiempos,  la naturaleza me inspiraba para escribir versos para Liliana.

Había llegado el día tan esperado, teníamos todo preparado y listo para salir muy temprano de casa y evitar en todo lo posible el tráfico. Horas más tarde llegamos al lugar; armamos las tiendas de campaña, preparamos algo para comer y luego decidimos dar una caminata por el bosque. Caminamos sin un rumbo fijo; sin prestar atención al tiempo; tanto así que nos había caído la noche y no llevábamos con nosotros las linternas, ni las sogas, el equipo lo habíamos olvidado en las tiendas de acampar. Con la extrema precaución íbamos a tientas para no caer. Yo iba a delante de ellos para guiarlos en el camino; no me  había percatado que caminábamos cerca de un barranco; mis hijos por ir de la mano de mi esposa, resbalaron junto con ella, quedando colgados, intente ayudarlos, ¡Juro señor juez que lo intenté!; pero no pude, entre los tres el peso aumentaba, quise subirlos, resbalaron de mis manos. Solo los vi caer al vacío.



El fiscal se pasea por la sala, con su bolígrafo en mano, tamborileándolo junto a su boca, escuchando atentamente el relato de los hechos del señor Gonzales.  Se para frente al acusado.
—Díganos, señor Gonzales ¿Cómo va su tratamiento contra su adicción al alcohol?
— ¡Protesto señor juez!  Esa pregunta es irrelevante para el caso. —interrumpió el abogado defensor poniéndose de pie.
—Ha lugar.
—Quiero recordarle al abogado defensor que su cliente tiene antecedentes de  alcoholismo y que estuvo en diferentes centros de rehabilitación.
—Responda a esa pregunta señor Gonzales. —dice el Juez.
—Bueno… Yo… A decir verdad, tomaba mucho y eso me trajo problemas con mi familia; pero ya tengo mucho que no tomo ni una gota  de alcohol.
—Señor juez, debo recordarle al inculpado que está bajo protesta de decir verdad y está mintiendo.
— ¡Protesto señor juez!  La fiscalía quiere inculpar a mi cliente basándose en una adicción que ya superó.
—No estoy acusando a su cliente sin fundamento. Tengo las pruebas de que el señor Gonzales no estaba cien por ciento curado de su adicción.  Permiso para acercarnos señor juez.
—Permiso concedido, acérquense ambos.
  —Observe estas fotografías del vehículo siniestrado, lo encontraron en la carretera; con la esposa e hijos adentro, esto sin mencionar que se encontraron latas vacías de cerveza del lado del piloto.  A al señor Gonzales lo encontraron un kilómetro adelante.
— ¿Qué tiene que decir ante eso, señor Gonzales? —Pregunta el juez.
—No recuerdo nada de eso señor juez.
— ¿Está usted diciendo que perdió la memoria? —pregunta el fiscal.
—Sí... No, no sé. Solo no lo recuerdo así.
—Señor juez, mi cliente sufrió un golpe muy fuerte en la cabeza debido al impacto, claro que no recuerda nada.
—Todas las pruebas lo acusan del accidente. No más preguntas, la fiscalía descansa.
—Señor juez, permítame hablar ante el jurado. —El abogado defensor pide la palabra.
— Permiso concedido.
— Antes de que emitan su veredicto permítanme decirles…
—Espere abogado —Interrumpe el señor Gonzales—, no diga nada. Debo aceptar mi culpa. De qué me sirve ahora vivir en libertad si ya no tengo a mi esposa e hijos conmigo; ya no tengo más nada que perder. Sinceramente lamento el daño que les causo a mis padres y a mis suegros, pido que me perdonen, el vicio me llevó a perder lo que más amaba, todo se me escapó de las manos.  
— ¿Cómo se declara? —Pregunta el Juez.
— ¡Culpable!
—Habiéndose declarado culpable y las pruebas así lo señalan, se le sentencia a cincuenta años de prisión, sin derecho a  fianza, por el homicidio culposo de la señora Liliana Rosales Sotomayor y de los jóvenes,  Esteban Gonzales Rosales y Juan Gonzales Rosales. —El juez hace sonar su martillo.


El inculpado es puesto de pie, esposado y retirado de la sala ante  toda la audiencia. 

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