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viernes, noviembre 11, 2016

MENSAJE


Aquella mañana, María Luisa, se había incorporado de la cama, sentándose al borde de la misma,  estiro sus brazos y bostezando a la vez,  bajo su mirada a tomar sus zapatos; pero esos zapatos no eran los de ella; eran unos viejos, desgastados y de algún hombre.  Alarmada pensando que alguien se había metido a su casa por la noche, subió de inmediato los pies nuevamente a la cama. Se puso a pensar:

— « ¿Quién pudo haberse metido?, ¿estará bajo la cama? »
Tomo la lámpara de noche del buro,  con cautela se asomo bajo la cama, encontrando vació el lugar.
— El armario.  ¡Debe estar ahí!
Con lámpara en mano y en silencio caminó hasta el.  Lo abrió y moviendo la ropa intentando dar el golpe, nuevamente se detuvo al ver solo su ropa colgada.
—No hay nadie ¿Dónde se podrá haber escondido?

Se dirigio  hasta el baño,  obteniendo el mismo resultado,  lo mismo paso en la otra recamara; aun que fuese imposible que alguien pudiera  esconderse  allí, siempre había estado vacía.  Habiendo recorrido todo el departamento y de cerciorarse  de que nada le faltaba, volvió a la recamara, dejo la lámpara en su lugar y tomo los zapatos, los observo por un momento.

—Es raro todo esto; nadie entró, ni se robo nada, ayer no bebí como suelo hacerlo hasta no recordar nada de mí misma y terminar con quien sabe quién.  Estos zapatos son de un hombre con que definitivamente no andaría,  se ve que son de un hombre mayor y pobre ¡Bueno!   —Dejo los zapatos nuevamente en el suelo y recostando se en la cama; exclama— Estos zapatos como me recuerdan a mi padre.  ¡¿Mi padre?! ¿Qué zapatos llevaba en su funeral? ¿Serán de él?  No, no pueden ser de él… no podrían, debe ser que aun lo extraño y me figuro cosas.

Parándose de la cama nuevamente tomo los zapatos y se dirigió hasta el patio pasando por el comedor, en el comedor había una nota en la mesa, maría luisa la observo y la tomo, desdoblando el papel y al ver la letra.

— ¡Papá! —Exclamó María Luisa, comenzando a llorar.


“Mi pequeña mary Lu, he visto que a veces desde mi partida que la soledad de mi ausencia te embarga, tu siendo la más pequeña de tus hermanas, estuviste muy apegada a mí y eso  ante mi partida te ha dejado triste, esta noche no pude evitar bajar hasta a ti y hacerte compañía por la noche y dejar un par de cosas para ti. Habla con  tu madre  y tus hermanas, te necesitan, ellas también sufren por mi muerte, no vale la pena seguir  disgustadas con ellas, ni ellas contigo, la vida es así, termina para alguno y para otros continua, tu no sientas culpa de nada, yo volvería a morir por salvarte.  Ve a casa de tu madre y  diles que las amo con todo mi corazón, que siempre estaré con ustedes”

El rostro de María luisa se cubría en lágrimas mezcladas de felicidad y tristeza, se sereno un poco limpiando sus lágrimas; arreglo el departamento, desayuno, se metió a bañar; se vistió y salió  de casa a comprar unas cosas.

Por la tarde salió nuevamente de casa  con los zapatos y la nota rumbo a casa de su madre.  Al llegar, ella se sorprendió al verla.

— ¡María luisa! ¿Qué haces aquí?
— ¿Te molesta verme? Mamá.
—No hija, claro que no al contrario; pero pasa, —abriendo  mas la puerta para que entrara—,  en vedad me alegra mucho verte, siéntate.
María luisa se sienta en un sillón y su madre se sienta en un sofá  de dos plazas.
— Recuerdo que siempre de pequeña esperabas allí a tu padre y luego el sentaba y tú te acostabas en sus piernas y te arrullaba  hasta que te dormías. 
—De él precisamente vengo hablarte ¿Dónde están mis hermanas?
— ¿De tu padre? Pero… el ya está muerto.   Tus hermanas no deben tardar fueron  comprar cosas para hacer la comida
—Si mamá ¿crees que no lo recuerdo? Necesito decirles algo, pero quiero que mis hermanas estén aquí.  Y no sé como lo van a tomar ustedes.
—No me asustes hija.  No han de tardar.
—Entonces las esperamos para contarles a las tres.
Las hermanas entran abriendo la puerta y con bolsas del  mandado y con sus hijos.
—Mira, ya llegaron. —Dice su madre poniéndose de pie—. Ya vieron ¿quién está aquí?
—María luisa,  ¿ya se te acabo el dinero?
—Rosa, no seas grosera con tu hermana.
—Si no fuera porque  papá me pidió que viniera.
— ¿papá? —exclamo  Lourdes la mayor de las hermanas de María luisa—.  Se te olvida que ya murió.
— Lo sé pero anoche estuvo conmigo.
— ¡ay hija! Es porque aun lo extrañas aquí también lo extrañamos.
—Si lo  extraño, pero miren me dejo esta nota. —saca la nota y la enseña  a su madre y sus hermanas. 
Después de leerla, Rosa exclama.
—De seguro tú la escribiste para venir y pedirle dinero a mamá.
— ¿No reconocen la letra de papá? A demás miren, —saca los zapatos de la bolsa—, ¿no los reconocen?

Su madre toma los zapatos  y lee  la nota.

—Sí, sí, son de su… —cae desmayada.
— ¡Mamá! —gritan a coro las tres.
—Rápido, Rosa, llama a la ambulancia.
En la sala de espera del hospital María luisa y sus hermanas esperan a que salga el médico a darles noticias de su madre.
—Ya se están tardando mucho en decirnos algo. —comenta María luisa.
—Ya tranquilas,  el médico no tardara en salir. —responde Lourdes.

El médico aparece por la cruzando la puerta del área de urgencia, Lourdes va a su encuentro y le pregunta:

— ¿Cómo esta nuestra madre? ¿Está bien?
—calme se señora, su madre se encuentra bien, solo fue la sorpresa que se llevo.
— ¿podemos entrar a verla?
— Claro.

Las tres entraron a la  habitación donde  se encontraba su madre.

—Vengan aquí, pasen estoy despierta.
Las tres se acercan hasta ella.
—Saben esa carta me llevo un gran susto.
—Entonces es falsa, María luisa la escribió. —interrumpió Rosa.
—No Rosa, los zapatos y la carta si son de tu padre.  Reconozco bien su letra y esos zapatos aun que ya estén desgastados.
— ¡pero mamá! ¿Cómo crees eso? —intervino Lourdes.
—No solo lo creo, estoy segura, su hermana Mary no mentía. Su padre en verdad quiere que estemos las 4 juntas,  Yo también ya estoy vieja, puede que un día me vaya y no me gustaría irme  dejando a si las cosas, por un pleito que ya no vale la pena guardar.  Lourdes, Rosa, Mary, tomen mis manos. —Las tres toman las manos de su madre—. Lourdes y Rosa, pidamos le perdón a su hermana por los años injustos para ella que la culpamos de la muerte de su padre.


Las cuatro tomadas de la mano se funden en un abrazo. 

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